El árbol de cacao es originario de la cuenca del Amazonas, donde ancestralmente se ha fermentado su pulpa para preparar bebidas alcohólicas. Sin embargo, durante el II milenio a.C se aclimató en Mesoamérica, donde fue domesticado por los Olmecas, la primera gran civilización de Mesoamérica, quienes fueron pioneros en la utilización de su semilla, tanto de manera ritual como monetaria y alimenticia.

Los olmecas, ubicados en el Golfo de México alrededor del 1600 a.C., tuvieron una gran influencia sobre culturas posteriores o con las que convivieron en el tiempo, como la cultura tolteca, azteca o maya, desarrollando muy buenas relaciones comerciales- de hecho, parece que sus redes de comercio se extendían hasta la actual Nicaragua. En recientes excavaciones arqueológicas se han encontrado vasijas olmecas que confirman lo que se sospechaba: que este pueblo ya utilizaba los frutos del cacao, moliéndolos y cocinándolos en agua y con distintas especias para obtener el chocolate. Así, sabemos que los olmecas utilizaban recipientes individuales de cerámica para consumir el brebaje de cacao, pero también que lo utilizaban para servir y ofrendar, de manera ceremonial, en vasijas medianas adornadas con simbología ritual.  También sabemos que utilizaban la semilla del cacao como intercambio, sirviéndoles de moneda, lo cual nos indica el nivel de importancia que tenía para ellos. Con el paso de los siglos, los Olmecas extendieron el uso y el conocimiento de la planta del cacao a las civilizaciones Tolteca, Maya y Azteca.

Cuenta una leyenda tolteca, a través del Códice de Tonalámatl (una guía pictórica utilizada por sacerdotes, magos y hechiceros mexicas), que el dios Quetzalcoatl, “la serpiente emplumada”, dios de la vida y la fertilidad, le robó a los dioses el árbol de cacao. Poco después, llegó convertido en hombre a la ciudad de Tula, que los toltecas definían como un paraíso en la Tierra, donde gobernó. Entonces hizo entrega a los hombres de un pequeño arbusto de flores rojas que ofrecía unos frutos oscuros con los que los dioses preparaban una bebida destinada sólo para ellos. Quetzalcoatl plantó el árbol y pidió a Tlaloc, dios de la lluvia, que lo alimentara con su agua y a Xochiquetzal, diosa de la alegría y el amor, que lo adornara con flores. Cuando el árbol dio sus frutos, Quetzalcoatl recolectó las vainas, tostó el fruto, lo molió y después lo batió con agua en jícaras, y así mostró a los toltecas cómo se preparaba el chocolate. Los toltecas utilizaban el fruto para hacer este brebaje y así mismo como moneda, pues era considerado un símbolo de riqueza. Se dice que gracias a esto, los toltecas se hicieron ricos y sabios, artistas, constructores. Esto tuvo sus consecuencias, pues los dioses, recelosos de que los hombres bebieran una bebida sólo para dioses, embriagaron con pulque a Quetzalcoatl, que comprendió que debía desaparecer del plano de los humanos y se marchó, arrojando las últimas semillas de cacao cerca del mar, y prometiendo volver.

El cacao empezó a tener una gran importancia durante el periodo clásico de la cultura maya, entre el 150-900 d.C. Los mayas consideraban que el cacao era un elemento sagrado en cualquiera de sus formas. Conocemos su utilización por los mayas sobre todo a través del legado cultural que nos dejaron en vasijas, relieves o códices. En ellos el cacao siempre aparece relacionado con personajes de alto rango, por lo que se asocia a la élite. Aparece sobre todo representado en las imágenes que reportan ceremonias sociales, como las uniones amorosas, donde los novios comparten una jícara de cacao como símbolo de su unión, o como los funerales, donde el cacao es un compañero imprescindible del difunto hacia el inframundo.

También el propio cultivo del cacao estaba sujeto a rituales. Por ejemplo, los agricultores que trabajaban con esta planta, debían guardar una abstinencia sexual durante trece noches antes de su siembra. El árbol del cacao era sagrado para los mayas y estaba asociado con el sur y por tanto con el inframundo, en contraposición con el maíz. Su animal protector es el jaguar.

Los mayas desarrollaron muchas maneras de preparar chocolate a partir de la semilla del cacao. Combinaban la mazorca tierna del cacao con miel, a lo que llamaban “k´ab kakaw”, en otras ocasiones la meclaban con pinole y achiote, o con chiles secos molidos, o con la vainilla nativa de la región. También lo fermentaban ligeramente con miel y le añadían semillas de pochote y hojas de una flor chiapaneca, el orejuelo, con un fuerte sabor a pimienta. Sabemos que lo tomaban espumoso y que para aumentar su espuma le añadían la flor del cacao (cacaoaxochitl”). También lo tomaban añadiéndole pulque, o bien elote, o mezclando el agua de cacao con maíz molido.

Fueron los Mayas quienes proporcionaron a los Aztecas la semilla del cacao. Sabemos que su árbol sólo se da en áreas tropicales con temperaturas superiores a los 18º y en altitud menor a 1200 metros, por lo que no se podía cultivar en Teotihuacán. Se convirtió en un producto asociado al lujo junto con el jade, las plumas preciosas y las pieles de jaguar.

Vasija maya de cerámica para beber chocolate ceremonial que representa el dios mono con los frutos del cacao. Museo de Toniná, Chiapas

Además, durante la expansión de los Aztecas (entre el 900-1521 d.C), su demanda aumentó y comenzó a ser un tributo obligado para las nuevas provincias productoras. En los libros de cuentas aztecas encontramos que recibían una tasa anual de 980 cargas de cacao, siendo cada carga de unos 25 kilos. Además, gracias a algunos códices y a los relatos posteriores de los colonos españoles, sabemos que un conejo costaba cuatro semillas de cacao y la compañía de una mujer, diez semillas.

Con la llegada de los españoles a las costas mexicanas en 1519, el entonces máximo dirigente de los aztecas, Moctezuma, confundió al conquistador Hernán Cortés con el mismísimo Quetzalcoatl, y creyendo que el dios había tomado de nuevo forma humana, le ofreció un ostentoso banquete de bienvenida. El conquistador Bernal Díaz del Castillo nos relata de primera mano en su obra “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” cómo fue el banquete y la importancia que tuvo en éste el chocolate (recordemos que esta fue la primera vez que los europeos probaron el cacao, entre otras muchas cosas que pasarían pronto a formar parte indispensable de su alimentación):

“…de cuando en cuando traían en unas copas de oro fino con cierta bebida hecha con cacao, que decían era para tener acceso con mujeres; y entonces no mirábamos en ello; más lo que yo vi, que traían sobre 50 jarros hechos de buen cacao con su espuma, y de aquello bebía y las mujeres le servían al beber con gran acato …porque Moctezuma era aficionado a placeres y a cantares… y cuando terminaba de comer también le ponían tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con una hierva que se dice tabaco, y después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco a poco y con aquello se adormía.” Y más tarde: “…hacen un género de bebida muy sano y saludable el cual es de maíz y cacao, y echan en ello ciertas especias calidad que son unas orejuelas y pimienta y flores; llaman a esto chocolate y bébese caliente”.

Códice de Madrid. El dios Chac y la diosa IxChel intercambian semillas de cacao.

Francisco Hernández, otro conquistador español, describió diversas bebidas a base de cacao:” la propiedad de estas bebidas compuestas es excitar el apetito venéreo; la simple refresca y nutre grandemente. Otro género de bebida se hace con 25 granos de cacahoapatachtli, otros tantos de cacao y un puñado de grano indio (maíz), no suele agregársele ninguna de las cosas antes dichas, que son calientes, pues sólo se busca en esta bebida el refrigerio y nutrición”.

Así vemos que, además de su uso ceremonial, tenía otros unos también como medicamento, pues a través del aceite extraído de la semilla se preparaban ungüentos y pomadas para tratar dolencias como la sequedad de la piel, los labios agrietados, las quemaduras, los pechos doloridos de las parturientas o las hemorroides. También siguió utilizándose como moneda de intercambio, conviviendo con otras monedas españolas.

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